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El Pito Doble en el rodaje de Fuga de Cerebros 2

En estos días se está rodando la película Fuga de Cerebros 2, que como seguro que ya habréis adivinado (¡si es que sois muuuu listos!) es la segunda parte de aquella exitosa comedia de hace un par de años, Fuga de Cerebros. Así que ahora podremos volver a divertirnos con las aventuras del Chuli, el Cabra o el Ruedas que esta vez cruzan el charco hasta los Estados Juntitos de América para ayudar a Alfonso, el hermano pequeño de Emilio Carbajosa, sangre de la sangre del protagonista de Fuga de Cerebros, quien persigue a la chica de su vida hasta Harvard, al igual que su hermano hiciera en Oxford.

Aquí os dejo un trailer de la película:

La película se estrenará el 2 de diciembre y, como hemos dicho, se encuentran ahora mismo de rodaje, rodaje al que El Pito Doble fue invitado por Universal Pictures para conocer de primera mano el proceso de producción de una película.

En un principio pensamos que fuera Dorian, nuestro fumapipa cinéfilo particular, pero el pobre andaba demasiado atareado discutiendo con Wilson acerca de su panificadora, por lo que al final fui yo el que el 7 de julio cogió un AVE para Madrid y visitó el set de rodaje.

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Peor que un grano en el culo (y Parte III)

(Continuación de Parte II)

Ya una vez en casa, comienza el verdadero suplicio (y no me refiero al hecho de tener que sentarse en un flotador de niño o que al levantarte o moverte te duela tela, que también) sino a las curas. Tengo que ir todos los días al centro de salud a que me hagan una cura, que básicamente consiste en limpiarme la herida y que me introduzcan una gasa en ella. Eso duele tela. El abceso/fístula suele salirle a la gente en el mismo sitio: justo donde la espalda pierde su casto nombre y comienza la raja del culo, pero yo he tenido la suerte de que me salga bastante más abajo, justo al lado del ojete.

Aquí tenéis un riguroso y científico croquis anatómico hecho con un software de gran precisión para saber dónde se encuentra la fístula, o sea el “bujero”

El problema es que al tenerlo tan cerca cada vez que quiera plantar un pino tengo que sacarme la gasa y luego limpiarme muy bien con agua y ducharme e ir entonces a hacerme la cura para que me pongan otra. Tengo un enfermero asignado, Miguel Ángel, que es al que tengo que ir, pero la primera semana, entre que hubo días festivos y que otros días él no pudo ir, cada día me atendió una persona distinta, y cada uno a su manera.

Si a eso añadimos que en esa consulta entra y sale más gente que en el camarote de los Hermanos Marx, yo creo que me ha visto el culo más gente que a Nuria Bermúdez. La verdad es que en más de una ocasión me he acordado de este memorable momento de la hierbas en el ginécologo, en Aquí no hay quien viva:

Como digo, ha habido quien los ha hecho mejor o peor, pero el tercer día, ante la ausencia de mi enfermero, me tocó una compañera suya (a la que Mina llama “la Loreto Valverde”, por ser una rubia de pelo largo y voz de pito) pero que yo llamo simplemente “la nazi”

Madre mía, qué daño me hizo esa tía ese día. Mina es testigo de los gritos que pegué. Decir que vi las estrellas es quedarme corto, por lo menos vi naves de guerra ardiendo más allá de Orión y rayos-c resplandecer en la oscuridad, cerca de la puerta de Tanhauser. Y no sólo me dolió durante la cura, sino que me dejó dolorido para todo el día. Dijo que ella había estado curando a su hermano de lo mismo. “Pobre hermano”, dijo luego Mina.

Al día siguiente por fin me tocó mi enfermero, Miguel Ángel, y me dijo “Tranquilo, que te veo muy pálido, estás blanco” ¡Coño, no iba a estar blanco! Tras la experiencia del día anterior no era para menos. Además, unos minutos antes, mientras lo esperaba, salió la nazi y me dijo: “¿Qué esperas a Miguel Ángel? Vale, debe estar al llegar, si no viene, te curo yo”. Y UNA REVERENDA MIERDA, pensé, yo voy a buscarlo a su casa si hace falta.

El caso es que ya por fin me atiende mi enfermero, que tiene mejor mano que la nazi y además un buen sentido del humor, con lo que, salvo los fines de semana, que me toca quien esté de guardia, el resto de días voy más tranquilo.

Mi enfermero, Miguel Ángel, por lo que he averiguado en Intenné, en sus ratos libres se dedica a pintar iglesias o algo así…

La primera vez estaba yo tumbado boca abajo en la camilla y oigo a Miguel Ángel que dice: “Hombre, ¡esto tiene muy buena pinta!” a lo que yo respondo “Espero que se esté usted refiriendo a la herida…” Tras las risas, sobre todo de Mina y otra enfermera que había allí, me contesta (dándome una palmadita en el trasero) “Sí, claro, pero… ¡y lo otro también!”.

Yo lo pasaba mal mientras introducía la gasa, pero él lo pasaba mal cuando me veía intentar bajarme de la camilla con dificultad “¡No me hagas el número de la cabra!” me decía XD

Miguel Angel nos recomendó (como hicieron otros compañeros suyos anteriormente) que me vendría muy bien unas gasas que llevan plata (Aquacel AG), que hace que cicatrice la herida mejor y más pronto, pero que como eran caras no las tenían allí ni las recetaban. Pero si yo las compraba y las llevaba, me las pondrían. Yo le contesté que el dinero no era problema, que si con eso iba a estar menos tiempo con las curas, me daba igual meterme plata, que oro, que platino, vamos, ¡que iba a una joyería si hace falta!. Al final las compramos y parece que están haciendo su efecto (el primer día que las probé anda que no escocía y dolía) pues parece ir todo más rápido y mejor desde entonces.

Mi madre me contó el otro día que estuvo hablando por lo teléfono con mi sobrina La Hoygan y al contarle lo que me pasaba ella dijo: “Pobrecito… ¿y cómo come?” A lo que mi madre le respondió extrañada “Pues cómo va a comer ¡con la boca como siempre! ¿qué tendrá que ver?” y ella replicó “Pero cómo hace para sentarse para comer ¿O ES QUE COME DE PIE?”. Esta Hoygan, siempre nos sorprende con su lógica XD (por cierto, ayer me pidió mientras hablaba con ella por Skype que os dijera que en breve pondrá un nuevo vídeo sobre la nevada que cayó en Barcelona).

El ritual que sigo con lo de las curas es otra historia. Resulta que como os expliqué al principio, debido a la cercanía del ojete es imprescindible quitar el apósito antes de plantar un pino y entonces lavarme y ducharme, incluido también un baño de asiento con agua y betadyne, cómo me estoy acordando de esto ahora:
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Para quitarme el apósito y sacarme la gasa necesito de la ayuda de Mina, quien pacientemente todos los días me ayuda con ello no sin repetir “ay, Dios mío, que yo no he nacido para enfermera…” De hecho, el primer día casi se desmaya y el segundo, que me hizo algo de daño al tirar de la gasa le confesé “Me he aguantado el gritar para que no te desmayaras”. Pero la verdad es que se está portando muy bien y cada vez lo hace mejor (la mejoría y cierre paulatino de la fístula también ayuda).

Luego, como solución temporal hasta que llegue al centro de salud me pone una especie de compresa que aunque ponga en la bolsa “Tena for men” uno no deja de pensar en la “Tena Lady”, de hecho Miguel ángel me dijo un día al verla: “Anda que… quién te iba a decir a ti que ibas a estar usando esto…”. “Eso digo yo -repliqué- que quien me iba a decir que iba a terminar yo como la Concha Velasco, con esto”

Un día fuimos a la cura y al llegar a la sala de espera olía fatal. Se había atascado una alcantarilla y estábamos todos allí que nos íbamos a caer redondos al suelo. Todos con un pañuelo en la nariz y Mina repartiendo colonia en los pañuelos. Qué mal lo pasamos. Ahí Mina sí que estuvo a punto de terminar en el suelo sin conocimiento. Y una de las pacientes diciendo “pues yo no huelo ná, porque tengo la nariz taponá”. Pues menuda suerte, porque aquello más que un centro de salud parecía el alcantarillado de unas letrinas.

En fin, que aquí andamos, todavía con las dichosas curas, pero cada vez mejor. Uno pierde ya hasta la noción del día en que está. Pues no voy y le digo el otro día a Mina: “Que curioso, llevo toda la mañana con la sensación de que es domingo, cuando en realidad es sábado” Y Mina me mira con los ojos muy abiertos y me dice “Quater… es que hoy es domingo…”

Dicen que la probabilidad de cura/reincidencia de estas cosas es del 50%. ¡Ay, madre! Tiraremos una moneda para decidirlo.

Que alguien me deje una con dos caras, por favor.

Peor que un grano en el culo (Parte II)

(Continuación de Parte I)

Y ahí estaba yo, en la habitación del hospital, al que yo llamaba “hotel” cada vez que hablaba por teléfono con algún familiar o amigo, que no sé por qué me equivocaba siempre, que la habitación estaba bien, pero tampoco era para tanto. Al poco viene una enfermera ¡a afeitarme el culo! Así que me pongo de lado y empieza ella a darle a la cuchilla. Me lo dejó rasuradito que parecía de un anuncio de dodotis. Hasta Mina me dijo “te lo han dejado que me están dando ganas hasta de darte un beso en él”. Bueno -pensé- quizás no está aún todo perdido pese a haberme visto en la camilla a cuatro patas y con los calcetines puestos…

Se suponía que me iban a mandar a quirófano a lo largo de la mañana, pero, como luego diría Dorian (al que llamé para que transmitiera al resto de amigos mi situación):

…el problema es que hay mucha gente desalmada que no tiene otra cosa que hacer que ponerse muy malita y el quirófano lleva todo el día petado con gente de urgencias, colándose en las narices del pobre Quater. Así lleva hasta hace un rato que he hablado con él, todo el día en cama ingresado esperando que le toque el turno, y con más hambre que el perro un ciego

Efectivamente, no pararon de llegar urgencias al quirófano con lo que me pasé todo el día allí esperando y sin poder comer nada (llevaba en ayunas desde la noche anterior) pasando más hambre que el profesor de dicción de Belén Esteban.

Ya a las 20:30 vinieron por fin a por mí, tras 8 horas de espera y me llevaron para el quirófano. En el trayecto pude comprobar que algo que yo pensaba que sólo pasaba en las series y películas de risa, pasa en realidad: eso de que el celador va empujando la cama con el paciente y abriendo puertas a golpes con la cabeza del mismo. Os lo juro, no me daba directamente en la cabeza, sino en el cabecero de la cama, pero con tal violencia que no podía evitar el sobresalto cada vez que pasábamos por una puerta. De nuevo me parecía oír risas enlatadas dentro de mi cabeza. Fue exactamente como en el principio del siguiente vídeo, del que me acordé bastante, no solo por eso sino por más cosas, de hecho, luego en el quirófano, estuve preguntándome cuál de aquellas máquinas que había allí era el aparato que hace ¡ping!

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Por fin llegamos a la sala previa al quirófano, donde había un montón de camas vacías y me “aparcan” entre dos de ellas y me dejan ahí. Aquello parecía una morgue, menos mal que no había nadie más. Al ratillo por fin aparece un médico con gafas y barba y con el típico traje verde con gorrito y ¡coño, os juro que el tío era clavadito a Steven Spielberg!

Entonces recordé lo que había leído esa mañana en los papeles que firmé, acerca de que podrían grabar mi operación con fines didácticos o científicos “¡Qué coño! – pensé- ¡Estos tíos lo que van a hacer es una superproducción de Hollywood con mi culo, que hasta se han traído a Spielberg!”

El hombre se me acerca y antes de que le pida un autógrafo me dice que es el anestesista. Hombre, pienso, la última peli que hizo, la de Indiana Jones, no es que fuera muy buena, pero tampoco era para dormirse…

Me hacen firmar otro papel, por los riesgos de la anestesia, y ya me pasan al quirófano. Una vez en la mesa de operaciones, me ponen la epidural y me colocan boca arriba con las piernas para arriba en unos soportes. Vamos, que yo no sabía si me iban a sacar un grano o iba a dar a luz a mi segundo hijo (del nacimiento de mi primogénita ya les hablé en otra ocasión). La epidural comienza a hacer su efecto y cuando ya tengo las piernas dormidas y toda la parte central de mi cuerpo sin sensibilidad alguna reparo en una de las sensaciones más extrañas que he vivido: ¡la de no tener pene!

Así se siente uno con la epidural

Así es, me sentía como Ken, el novio de Barbie, como un maniquí de grandes almacenes, la sensación era de que ahí no había nada de nada, qué sensación más extraña. En fin, llega la cirujana y comienza la operación. Yo tenía una tela delante, a la altura de la cintura, por lo que no podía ver nada, y tan solo sentía como si me pusieran cada vez más ropa encima de la zona en cuestión, eso era todo lo que yo percibía cuando en realidad no era eso, sino que me estaban operando.

Detrás mía debía tener el famoso aparato que hace ¡ping! porque no paraba de lanzar pitidos intermitentes (imagino que sería el monitor de mis constantes vitales) de forma que parecía que tenía detrás un monitor con el Super Mario Bros, yo cada vez que oia un sonidito me imaginaba a Mario saltando sobre una seta y cogiendo monedas.

De pronto me fijo y veo al otro lado de la tela que me separa de mi otra mitad que sube una fila columna de humo. ¿Humo? ¿Pero esto qué es? ¿Qué están haciendo ahí? Y venga a salir humo y a oler como a goma quemada… Joder, recordé que tenía a Spielberg ahí detrás y me dije, vaya con los efectos especiales, eso debe ser de las típicas explosiones que hay en toda película hollywodiense que se precie. Entonces pensé: a lo mejor me están extirpando eso con láser. Ea, ya está el Spielberg ha llamado a su amigo George Lucas y tengo ahora a Darth Vader metiéndome su sable láser por el culo, madre mía…

Cuando terminó la operación y me devolvieron a la sala del “aparcamiento” de camas me explicaron que es que el bisturí era eléctrico, y que el olor “a goma quemada” era en realidad el de mi carne. Joder, pues si algún día me come un caníbal, debo saber igual que un neumático.

Por fin me devuelven a la habitación (tras una nueva sensación de golpetazos contras las puertas cerradas, usando el cabecero de mi cama como ariete), donde me espera Nemo mientras Mina ha ido a casa a por algunos enseres personales y como aún tengo el culo anestesiado pues no estoy mal del todo. Le pregunto a la enfermera si puedo comer algo y me dice que sí, pero que la cocina la tienen ya cerrada (son las 10 y pico de la noche), así que cuando vuelve Mina, va a un bar cercano y me trae un sandwich que me sabe a gloria tras 24 horas de ayuno.

La noche la pasé regular, lo que más me dolía era el brazo, donde tenía una vía, y la cabeza. Y hacia las 5 de la mañana comenzó a desaparecer el efecto de la anestesia y yo a recuperar la sensación de tener pene y a sentir lógicamente dolor en la zona operada. A la mañana siguiente me trajeron el desayuno y además apareció Dorian con un magnífico bizcocho casero que había hecho y que me supo a gloria.

Ya hacia el final de la mañana pasó el médico y tras hacerme allí la primera cura (vi las estrellas cuando me quitaron las gasas de la operación) me dieron el alta y pude volver a casa. Ahora comenzaba el verdadero calvario: LAS CURAS, el ir cada día a que me curaran, pero eso es otra historia, y merece ser contada en otra ocasión…

(Continúa en Parte III)

Peor que un grano en el culo (Parte I)

Había oído esa expresión muchas veces: “eres peor que un grano en el culo”, pero solo ahora alcanzo a comprender la verdad de dicha sentencia. Abróchense las orejas y dispónganse a escuchar ésta mi (dramática) historia, que les contaré en 3 capítulos.

Llevaba yo unos días bastante jodido con mi trasero, no sabía que era, si almorranas, si un tumor, si una ciclogénesis explosiva en mi ano o qué, pero cada día la cosa era peor. Dolor acompañado de fiebre, malestar general, dolor de cabeza… Fui al médico y este me encargó análisis y pruebas, pero que tardarían lógicamente un tiempo. El viernes pasado, cuando ya me disponía a salir de puente por ahí, pero con un dolor cada vez más intenso, fui por tercera vez a mi médico y éste me dijo que fuera al hospital y que me miraran en urgencias, no me fuera a ir de viaje con algo grave.

Mina me acompañó nada más salir del trabajo al hospital y paramos antes a comer algo en una cafetería cercana donde ya se produjo una concatenación curiosa de equívocos: yo pedí un montadito de jamón york y queso, pero el tiempo pasaba y no me traían nada. Por fin viene la camarera y lo que deja delante mía es una baguette de jamón serrano y queso. “¿Qué es esto?”, exclamo. “Lo que has pedido”, me dice Mina. “No, yo no he pedido esto, he pedido un montadito, y de jamón york”. Pero bueno, habían tardado tanto que decido quedarme con la baguette de jamón, no vaya a ser que tarden ahora otra eternidad en traerme lo correcto.

Cuando voy por la mitad de la baguette viene la camarera con mi montadito de york y queso y otro de salmón que había pedido Mina. Queda claro entonces que me estoy comiendo el bocadillo de otro. Le explico a la camarera que no he dicho nada antes por habían tardado mucho y tenía hambre, ella me dice que no importa y que se llevará el montadito de york y me deja la baguette de jamón cobrándome lo mismo. Estamos de acuerdo y se lleva el montadito. Mina coge el otro y al darle el primer bocado dice: “Vaya, ahora se ha llevado el de salmón y me ha dejado el de york”.

Tras comer salimos de allí antes de que la camarera cometiera otra equivocación más y entramos en Urgencias. En el mostrador de recepción les explico lo que me pasa y les doy un papel que me había dado mi médico para ellos. Al devolvérmelo el papel cae al suelo y yo, en un acto reflejo me agacho a recogerlo. Al agacharme eso me provoca un fuerte dolor en el culo, me incorporo rápidamente y al hacerlo me golpeo la cabeza con el mostrador. Yo no sé qué faltaba más en ese momento si unas risas enlatadas o la música de Benny Hill.

Ante la risa mal contenida de Mina, por fin entramos en la sala de espera donde, todo hay que decirlo nos van atendiendo en un tiempo razonable hasta que me pasan a la consulta del médico.

Naturalmente, el “paciente” era mi culo

El doctor, un hombre joven y guapetón me dice “bájese los pantalones”, así, a bocajarro, sin invitarme a una copa ni nada, yo iba a replicarle que yo en la primera cita sólo doy la mano, pero cuando me quise dar cuenta ya estaba a cuatro patas encima de la camilla y con el culo en pompa.

Entonces miré a Mina que estaba enfrente mirándome con los ojos muy abiertos y comprendí que yo ya nunca sería el mismo para ella. Mi chica me estaba viendo allí, encima de una camilla, a cuatro patas, desnudo de cintura para abajo y lo que es peor, ¡con los calcetines puestos! Comprendo su expresión de horror, eso debía ser el antídoto de la lujuria, en ese momento temí que no me volvería a desear más y que mi vida sexual estuviera, desde ese momento, irremediablemente acabada.

Andaba yo con esas tribulaciones cuando sentí algo enorme abriéndose sitio por mi culo. ¿Es un plátano? ¿Es un misil? ¿Es un cohete lunar? No, era el dedo del médico. ¡Ay, doctor! No me había fijado qué manos más grandes tiene usted…

El doctor dice “Sí, aquí está” y le indica a Mina “Venga, venga, ¿quiere verlo?” Mina mueve entonces circularmente los ojos como Marujita Díaz pero mucho más lentamente, como a 33 revoluciones mientras deja escapar un “no gracias” al tiempo que mantiene admirablemente la compostura para no caerse redonda al suelo. Por fin el médico deja de tocar ahí y, sin darme un besito ni nada, me dice que me vista.

Me informa de que tengo un “abceso perianal” (relacionado con las fístulas) que para los que tengan menos estudios, les diré que aunque no sea exactamente eso, es algo así como un grano en el culo, para entendernos. Me manda un antibiótico y que vuelva al día siguiente para que lo vea el cirujano y decida si hay que operar o no. Se despide de nosotros con un “Ha sido un placer”

¿Un placer? Habrá sido para él, porque para mí que he visto las estrellas… si no hubiera tenido ese grano, no sé, lo mismo lo hubiera sido también y le pido el teléfono, eso nunca se sabe, pero en la actual situación les aseguro que placer, por mi parte no hubo ninguno.

Al día siguiente volvimos por Urgencias tal y como nos dijeron. En este caso me recibe el cirujano, quien tenía el pelo rubio y largo y un deje femenino ¿es que era el pianista de Parada? No, es que era una mujer, una cirujana. Así que de vuelta a la camilla a cuatro patas con el culo al aire y mis calcetines negros. Si albergaba alguna esperanza de que Mina olvidara esa estampa tan anti erótica, ahí estaba viéndola de nuevo.

La cirujana me dijo que me operarían esa misma mañana, me dio unos papeles para que los firmara y que me ingresarían en breve. Me puse a leer los papeles, que son los típicos en los que te ponen todo crudísimo y que si existe riesgo (aunque pequeño) de muerte, etc… Vamos, que te ponen un buen cuerpo… Pero hubo un párrafo que me llamó la atención:

La realización del procedimiento puede ser filmada con fines científicos o didácticos

¡Coño! ¿A que me encuentro a los dos días la operación de mi culo en youtube? Madre mía, yo, de todas formas firmé y al poco ya estaba en una habitación y con ese camisón abierto por detrás con el que vas enseñando el culo por ahí, como Jack Nicholson en “Cuando menos te lo esperas”, haciendo tiempo pacientemente para el momento de… LA OPERACI?N

(Continúa en Parte II)

¡Y por fin llegó el Metro!

Ayer se inauguró el Metro de Sevilla y yo, que vivo cerca de una estación me fui para allá para verlo y probarlo. ?sta es mi historia:

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Sobre las 7 de la tarde me fui para la estación de San Juan Bajo, fueron sólo 10 min andando desde mi casa y al llegar me encuentro algo de cola en las máquinas expendedoras de billetes y tarjetas. Había un chaval del Metro, con su gorrita (parecía un empleado de Mc Donalds) allí explicándole a la gente cómo usar la máquina y los distintos billetes, etc… Me acerco y le pregunto si la máquina expide tarjetas del consorcio de transportes (la que me interesaba, para hacer transbordo con el tranvía) y me dice que no, que normalmente sí, pero que ese día el sistema no funcionaba. Pues empezamos bien, pienso yo.

Así que me vuelvo sobre mis pasos hacia el estanco por el que había pasado un rato antes para comprarla ahí. El Quater un poquito pa’lante, el Quater un poquito pa’trás…. Llego al estanco y el pobre estanquero tiene un lío de mil demonios. Le compro la tarjeta, la recargo con 9 euros (lo que llevaba) y me empieza a preguntar si 0 saltos o 1 saltos. Lo miro con cara de “oiga que yo no soy un canguro” y me explica que hasta Blas Infante es 0 saltos pero si voy más allá es 1 salto y vale más el viaje. Le digo que eso ya lo sé, pero que no entiendo por qué hay que indicarlo al comprar/cargar la tarjeta, eso se calculará en cada viaje, independientemente de lo que diga ahora. Si ahora digo 0 y al final me bajo tras un salto me recalcularán al salir el precio y al revés, si digo 1 y me bajo antes lo mismo ¿no?

El hombre vuelve a insistir en lo de los saltos sin tener mucha idea y ya se mete un parroquiano en el tema y aquello se torna una de las conversaciones más absurdas y cañís. Al final se zanja con un “es que deberían habernos dado un cursillo o algo a los estanqueros” del pobre hombre.

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Orgasmo culinario

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Hoy he quedado para comer con Mina, que me ha llevado (e invitado) nada menos que a la Taberna del Alabardero, un Hotel/Restaurante que además es una famosa Escuela de Hostelería, que se encuentra en el centro de Sevilla. Para entendernos: un sitio tela de pijo, pero que se come de escándalo.

Yo no había estado nunca y estaba allí como Paco Martínez Soria cruzando la Gran Vía madrileña con su maleta de cartón y sus gallinas, de saberlo me pongo pajarita. Mientras estábamos en el patio esperando que nos asignaran una mesa, nos llamó la atención el pollo que le estaba montando una señora a una de las camareras, primero porque la pajita que le había puesto en su batido de chocholate se la habían dado sin venir en su bolsita de papel, que a ella le gusta abrirla porque vete a saber quién la habrá tocado antes… y segundo porque lo que le habían puesto era una bola de nata y no nata… En fin, ten muchos dineros para terminar así de gilipollas…

Por fin entramos y tras dejar los abrigos al camarero para el guardarropa (me faltó un limpia para sacarle lustre a mis zapatos, menos mal que no, que están hechos un desastre…) nos informan de que estamos en La semana del arroz y que podemos añadir a lo normal a elegir en el menú alguna de las tres especialidades de arroces que habían preparado.

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Mina eligió un arroz caldoso con judías y alcachofas y yo un arroz “a banda” con chocos, rape y colas de langostino. De segundo ella pidió un hojaldre con salmón y yo una fondue de carne con salsa de pimientos del piquillo. Mientras elegíamos le dije en un momento dado tras responderme ella a algo: “Ah, eso sí” que produjo en Mina una reacción airada y es que me dijo que había entendido que le había dicho “serás cabrona“.

Ignoro por completo como pudo haber entendido eso, además de por la total falta de contexto, por la similitud fonética entre eso y lo que realmente dije, que es la misma similitud que puede haber entre Obama y Santiago Segura, por poner un ejemplo. El caso es que después le pregunté si a este sitio se podía venir sólo a tomar cafe y tartas y me contestó “Sí, ponen tapas, sí…” por lo que pude descojonarme de ella comprendiendo por fin cómo se ha divertido tanta gente conmigo gracias a mi sordera durante años.

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La semana que me sentí mujer

[Este post está patrocinado por “Mármoles y Gravillas la Roca Feliz”]

Antes de pensar en algo retorcidamente morboso y sexual (no, no me gusta vestirme de mujer como a George Clooney) déjenme que les explique por qué digo que me he sentido estos últimos días como una mujer:

  • He estado con un humor muy cambiable y quejándome mucho
  • He estado yendo a mear cada dos por tres
  • Me han hecho una ecografía
  • Y (sobre todo por esto) he tenido un parto

Especialmente por esto último, no sólo me he sentido como una mujer sino que ahora las comprendo y las admiro mucho más por soportar tan tremendo dolor cómo es el de un parto.

Bueno, creo que sigo debiéndoles una explicación, que yo no soy tampoco Thomas Beattie

Lo que me ha pasado es que he sufrido un Cólico Nefrítico, el dolor más grande que he sufrido hasta ahora (y que espero poder decir en el futuro que en mi vida)

Todo empezó hace tres semanas…

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