Categoría: Las historias del Quater (página 2 de 2)

Palabras inventadas

¿Se han dado cuenta de la de palabras que inventan las madres y las abuelas?

Sí, cualquier abuela (o madre que haya pasado ya los 50 años) tiene una facilidad de inventar nuevas palabras y aportar nuevos términos a nuestro idioma que haría palidecer al mismísimo Chiquito de la Calzada.

Me empecé a dar cuenta el otro día. Estábamos toda la familia en el salón, después de comer; mi madre vino de la cocina y dijo: ??Si alguien quiere… en la cocina queda un poquito de licor de Chimiriguaya.? ??¿De quéé?? Nos quedamos todos de piedra, hasta mi padre se incorporó con el periódico en la mano «¿Cómooo?» ??Ay, licor de… Chimiriguaya de esa.? Estábamos acojonados. Nos levantamos toda la familia, fuimos a la cocina… ¡Y ERA MARACUYÁ!

Una vez, antes de la cena, se le ocurrió preguntarnos si nos apetecía un ??pichilabis?. No, no se trataba de una nueva marca de dulce o algo así, simplemente es la forma que tiene mi madre de ofrecernos un piscolabis.

Claro que, como también le ponen a algunos platos esos nombres tan raros (para ella…) Un día nos hizo un plato de pasta que había aprendido del Arguiñano ??Codillos de Guetaria?. Estaba riquísimo, los codillos de pasta, con el jamón york y el queso gratinado… Cuando le preguntamos cómo se llamaba nos contestó ??Codillos de Argentaria?. ¡Claro, como era ??pasta?!

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La semana que me sentí mujer

[Este post está patrocinado por «Mármoles y Gravillas la Roca Feliz»]

Antes de pensar en algo retorcidamente morboso y sexual (no, no me gusta vestirme de mujer como a George Clooney) déjenme que les explique por qué digo que me he sentido estos últimos días como una mujer:

  • He estado con un humor muy cambiable y quejándome mucho
  • He estado yendo a mear cada dos por tres
  • Me han hecho una ecografía
  • Y (sobre todo por esto) he tenido un parto

Especialmente por esto último, no sólo me he sentido como una mujer sino que ahora las comprendo y las admiro mucho más por soportar tan tremendo dolor cómo es el de un parto.

Bueno, creo que sigo debiéndoles una explicación, que yo no soy tampoco Thomas Beattie

Lo que me ha pasado es que he sufrido un Cólico Nefrítico, el dolor más grande que he sufrido hasta ahora (y que espero poder decir en el futuro que en mi vida)

Todo empezó hace tres semanas…

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My name is Eh

Hoy, mientras pedía unos cafés en uno de los locales de Universal Citywalk he pasado mi segunda momento humillante vergonzoso en estos últimos día.

[Abro paréntesis] El primero fue en el aeropuerto de Barcelona, hace dos días, cuando al tener que bajar a la puerta de embarque por un ascensor de paredes transparentes, se me ocurre hacer la gracia de que hago magia (al estilo Daniel Chesterfield) y entramos en el ascensor, Nefertiti, Mina, un muchacho y yo. Y yo digo a Mina y Nefertiti: «mirad, voy a hacer magia…» y comienzo a hacer el tonto moviendo las manos como pidiéndole al ascensor que baje… Pero el ascensor no se mueve y entonces exclama el muchacho: «Creo que tienes que darle al botón». Se me había olvidado ese detalle…[Cierro paréntesis]

Bueno, a lo que iba contando, el caso es que al pedir los cafés la conversación es:

Quatermain: A caffelate

Camarera Afroamericana: Size?

Q: Large, and a hot chocolate… small

CA: Ok, anything more?

Q: Yes, and a chocolate muffin

En ese momento la negrita afroamericana me dice algo que no termino de entender…

CA: wawawouwei?

Q: ¿Eh?

CA: Oh, OK.

Y entonces me da el ticket y me hace pasar para otra parte de la barra donde me darán lo pedido. Le pregunto a mi cuñao que estaba delante mía que cómo y me dice: te llaman ahora por tu nombre, que lo pone en el ticket… Miro el mío y entonces veo:

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Tierra trágame. El camarero va llamando a los de los pedidos anteriores: «¡José!»… «¡Raúl!»… Pone una cara extraña al ver el ticket… «¡Eh!… ¡EH!» y yo levantando la mano: «I am Eh» mientras Mina, mis hermanas y mi cuñao se descojonan.

Me acordé entonces de la camarera como del funcionario de aquel viejo chiste:

– ¿Nombre?
– Pe-pe-pe-pedro García
– ¿Es tartamudo?
– No, tartamudo era mi padre y el del registro un hijoputa

Así que mi nuevo nombre es Eh, no os podéis imaginar el cachondeíto que hay ahora con eso. Por cierto tengo otros apodos: Cualo, Mande…

¡No me mientas!

Hace ya un tiempo les prometí que iba a contarles algo y hoy voy a hacerlo. Lo he relatado informalmente en infinidad de ocasiones, pero nunca en el blog. Ahí va:

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Cuando mi hermana Lara Croft estuvo viviendo por primera vez una temporada en Estados Unidos (hace ya casi 10 años, antes incluso del fatídico 11-S) me invitó a pasar unos días con ella y de paso conocer Texas, que es donde ella vivía (concretamente en su capital, Austin). Así lo hice, pasando allí 20 días de noviembre, un viaje estupendo del que guardo muchos recuerdos pero uno en especial y no grato precisamente: el de mi ??accidentada? entrada en los Estados Unidos.

Todo comenzó cuando Lara me dijo:

– Quater, tráeme mantecados. Pasaremos el Día de Acción de Gracias en casa de unos amigos y me gustaría que probaran algo típico nuestro de las próximas navidades

surtido.jpg

Yo le contesté que a ver si me iba a meter en un lío, que ya me habían advertido de los estrictos que son en EE.UU. con la entrada de alimentos por motivos sanitarios y que estaba totalmente prohibido. Un compañero de curro me contó que un amigo suyo estuvo retenido en la aduana de un aeropuerto americano porque le encontraron un poco de garrapiñada y los policías estaban acojonados porque no tenían ni idea de qué podía ser aquello.

Lara intentó tranquilizarme con un:

– Tú compra una cajita de ésas que vienen ya herméticamente cerradas con plástico, que así no la huelen los perros

No sé que pensaba mi hermana por ??tranquilizarme? pero desde luego que la imagen de los perros olisqueando mi equipaje no me tranquilizaba lo más mínimo.

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Por mi cara bonita

Teniendo en cuenta cómo me sentía ayer por la tarde, quizás podría empezar este post parafraseando (o paraviñeteando) a Forges en su (como siempre, genial) viñeta de este lunes (aquí la original):

metrosexual.jpg

Todo esto viene a colación de que ayer por primera (¿y última?) vez estuve en un centro de belleza para que me hicieran una limpieza de cutis. Bueno, al final no me hicieron la limpieza de cutis (¡menos mal!) sino un tratamiento hidratante, pero la experiencia fue igualmente única e irrepetible (sobre todo eso, i-rre-pe-ti-ble)

No fui por iniciativa propia, sino porque Mina insistió mucho y, en uno de esos momentos de debilidad, de distracción mental en que uno baja la guardia le dije «sí, vale» y ¡zaca! ya estaba concertada la cita y sin posibilidad de vuelta atrás.

Al llegar, después de hacernos esperar un rato (unos 10 minutos) nos hicieron pasar a una sala donde nos sentaron a Mina y a mí en dos sillones tipo peluquería (pero que se reclinan hacia atrás para que estés como tumbado) Por cierto, si padecen de la espalda (como es mi caso) a los 5 minutos de estar en ese sillón medio tumbado pero con la cabeza realzada con el reposacabezas, tendrán un dolor de cuello y espalda de no te menees.

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