Peor que un grano en el culo (Parte II)



(Continuación de Parte I)

Y ahí estaba yo, en la habitación del hospital, al que yo llamaba “hotel” cada vez que hablaba por teléfono con algún familiar o amigo, que no sé por qué me equivocaba siempre, que la habitación estaba bien, pero tampoco era para tanto. Al poco viene una enfermera ¡a afeitarme el culo! Así que me pongo de lado y empieza ella a darle a la cuchilla. Me lo dejó rasuradito que parecía de un anuncio de dodotis. Hasta Mina me dijo “te lo han dejado que me están dando ganas hasta de darte un beso en él”. Bueno -pensé- quizás no está aún todo perdido pese a haberme visto en la camilla a cuatro patas y con los calcetines puestos…

Se suponía que me iban a mandar a quirófano a lo largo de la mañana, pero, como luego diría Dorian (al que llamé para que transmitiera al resto de amigos mi situación):

…el problema es que hay mucha gente desalmada que no tiene otra cosa que hacer que ponerse muy malita y el quirófano lleva todo el día petado con gente de urgencias, colándose en las narices del pobre Quater. Así lleva hasta hace un rato que he hablado con él, todo el día en cama ingresado esperando que le toque el turno, y con más hambre que el perro un ciego

Efectivamente, no pararon de llegar urgencias al quirófano con lo que me pasé todo el día allí esperando y sin poder comer nada (llevaba en ayunas desde la noche anterior) pasando más hambre que el profesor de dicción de Belén Esteban.

Ya a las 20:30 vinieron por fin a por mí, tras 8 horas de espera y me llevaron para el quirófano. En el trayecto pude comprobar que algo que yo pensaba que sólo pasaba en las series y películas de risa, pasa en realidad: eso de que el celador va empujando la cama con el paciente y abriendo puertas a golpes con la cabeza del mismo. Os lo juro, no me daba directamente en la cabeza, sino en el cabecero de la cama, pero con tal violencia que no podía evitar el sobresalto cada vez que pasábamos por una puerta. De nuevo me parecía oír risas enlatadas dentro de mi cabeza. Fue exactamente como en el principio del siguiente vídeo, del que me acordé bastante, no solo por eso sino por más cosas, de hecho, luego en el quirófano, estuve preguntándome cuál de aquellas máquinas que había allí era el aparato que hace ¡ping!

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Por fin llegamos a la sala previa al quirófano, donde había un montón de camas vacías y me “aparcan” entre dos de ellas y me dejan ahí. Aquello parecía una morgue, menos mal que no había nadie más. Al ratillo por fin aparece un médico con gafas y barba y con el típico traje verde con gorrito y ¡coño, os juro que el tío era clavadito a Steven Spielberg!

Entonces recordé lo que había leído esa mañana en los papeles que firmé, acerca de que podrían grabar mi operación con fines didácticos o científicos “¡Qué coño! – pensé- ¡Estos tíos lo que van a hacer es una superproducción de Hollywood con mi culo, que hasta se han traído a Spielberg!”

El hombre se me acerca y antes de que le pida un autógrafo me dice que es el anestesista. Hombre, pienso, la última peli que hizo, la de Indiana Jones, no es que fuera muy buena, pero tampoco era para dormirse…

Me hacen firmar otro papel, por los riesgos de la anestesia, y ya me pasan al quirófano. Una vez en la mesa de operaciones, me ponen la epidural y me colocan boca arriba con las piernas para arriba en unos soportes. Vamos, que yo no sabía si me iban a sacar un grano o iba a dar a luz a mi segundo hijo (del nacimiento de mi primogénita ya les hablé en otra ocasión). La epidural comienza a hacer su efecto y cuando ya tengo las piernas dormidas y toda la parte central de mi cuerpo sin sensibilidad alguna reparo en una de las sensaciones más extrañas que he vivido: ¡la de no tener pene!

Así se siente uno con la epidural

Así es, me sentía como Ken, el novio de Barbie, como un maniquí de grandes almacenes, la sensación era de que ahí no había nada de nada, qué sensación más extraña. En fin, llega la cirujana y comienza la operación. Yo tenía una tela delante, a la altura de la cintura, por lo que no podía ver nada, y tan solo sentía como si me pusieran cada vez más ropa encima de la zona en cuestión, eso era todo lo que yo percibía cuando en realidad no era eso, sino que me estaban operando.

Detrás mía debía tener el famoso aparato que hace ¡ping! porque no paraba de lanzar pitidos intermitentes (imagino que sería el monitor de mis constantes vitales) de forma que parecía que tenía detrás un monitor con el Super Mario Bros, yo cada vez que oia un sonidito me imaginaba a Mario saltando sobre una seta y cogiendo monedas.

De pronto me fijo y veo al otro lado de la tela que me separa de mi otra mitad que sube una fila columna de humo. ¿Humo? ¿Pero esto qué es? ¿Qué están haciendo ahí? Y venga a salir humo y a oler como a goma quemada… Joder, recordé que tenía a Spielberg ahí detrás y me dije, vaya con los efectos especiales, eso debe ser de las típicas explosiones que hay en toda película hollywodiense que se precie. Entonces pensé: a lo mejor me están extirpando eso con láser. Ea, ya está el Spielberg ha llamado a su amigo George Lucas y tengo ahora a Darth Vader metiéndome su sable láser por el culo, madre mía…

Cuando terminó la operación y me devolvieron a la sala del “aparcamiento” de camas me explicaron que es que el bisturí era eléctrico, y que el olor “a goma quemada” era en realidad el de mi carne. Joder, pues si algún día me come un caníbal, debo saber igual que un neumático.

Por fin me devuelven a la habitación (tras una nueva sensación de golpetazos contras las puertas cerradas, usando el cabecero de mi cama como ariete), donde me espera Nemo mientras Mina ha ido a casa a por algunos enseres personales y como aún tengo el culo anestesiado pues no estoy mal del todo. Le pregunto a la enfermera si puedo comer algo y me dice que sí, pero que la cocina la tienen ya cerrada (son las 10 y pico de la noche), así que cuando vuelve Mina, va a un bar cercano y me trae un sandwich que me sabe a gloria tras 24 horas de ayuno.

La noche la pasé regular, lo que más me dolía era el brazo, donde tenía una vía, y la cabeza. Y hacia las 5 de la mañana comenzó a desaparecer el efecto de la anestesia y yo a recuperar la sensación de tener pene y a sentir lógicamente dolor en la zona operada. A la mañana siguiente me trajeron el desayuno y además apareció Dorian con un magnífico bizcocho casero que había hecho y que me supo a gloria.

Ya hacia el final de la mañana pasó el médico y tras hacerme allí la primera cura (vi las estrellas cuando me quitaron las gasas de la operación) me dieron el alta y pude volver a casa. Ahora comenzaba el verdadero calvario: LAS CURAS, el ir cada día a que me curaran, pero eso es otra historia, y merece ser contada en otra ocasión…

(Continúa en Parte III)