Crepúsculo, la domesticación del vampiro

crepusculo

No he leido los libros originales de Stephenie Meyer, así que no sé en que medida la película es fiel a la novela. Aclaro ésto porque, a veces, sutiles cambios en las adaptaciones cinematográficas pueden alterar sustancialmente el mensaje de la obra original. Pienso, por ejemplo, en 300, película en la que, gracias al añadido de algunas escenas no presentes en el comic que le servía de fuente, convierte la historia épica de unos guerreros defendiendo su territorio en una fantasía neocon en la que los protagonistas luchan por la espiritualidad, la democracia y los valores eternos de occidente.

Hecha esta salvedad, pasemos a hablar de Crepúsculo, la película. Reconozco que me la perdí en el cine porque los comentarios sobre la misma, si quitamos los provenientes del colectivo femenino adolescente, no indicaban buenos presagios sobre su calidad. Como fan del cine de terror, la perspectiva de ver un Romeo y Julieta con vampiros descafeinados no alimentaba mi curiosidad. Estos prejuicios han sido confirmados en su totalidad tras visionar el film. Crepúsculo es, en superficie, un romance teen con una pizca de cine de superhéroes, y a la que se le han añadido dos gotitas de terror, tan bajo en calorías, que sería incapaz de provocar un simple escalofrío al espectador más miedoso. Esto ya de por sí es malo, pero no haría a Crepúsculo peor que el 90% de la producción cinematográfica ni me hubiera animado a escribir sobre la película.

Lo que realmente me ha llamado la atención de Crepúsculo es la subtrama, que de manera más o menos sútil, impregna todo su metraje, y que constituye, a poco que rascamos sobre la superficie de la historia, el eje vertebral de la misma. Los amoríos entre Bella, humana, y Edward Cullen, vampiro, son tan sólo el hilo conductor de un mensaje que está implícito, y es que Crepúsculo es, en esencia, una apología nada disimulada de la abstinencia sexual. Teniendo en cuenta el hecho de que todo el marketing del film está orientada a las jovencitas, resulta obvio cuales son las intenciones detrás de este producto: hacer proselitismo de la castidad como valor moral absoluto. Crepúsculo es el “Yo amo a Laura” de las películas de vampiros.

A continuación destriparé algunos detalles de la trama, así que quedais advertidos los que no la hayais visto.


El primer tercio, más o menos, del film, es puro cine de angustia existencial teenager en el instituto. Con ese planteamiento se asegura de forma fácil la identificación de la presadel público objetivo: chicas adolescentes en plena efervescencia hormonal, con las inseguridades propias de la edad y una actitud desganada ante la vida. Así es Bella, la protagonista, y los motivos por los que, por ejemplo, parece que está siempre enfadada con el mundo no los explicita el guión, de forma que la única manera de entender el personaje es porque representa ese estereotipo de juventud. Hay que destacar también como, tras conocer de manera fugaz al que será su amor vampírico, la actriz protagonista (Kristen Stewart) interpreta a Bella como si estuviera en un permanente estado de calentura de una forma nada sutil, no se si por sus propias limitaciones como intérprete o porque realmente se le ha dirigido así. Es obvio, en cualquier caso, que el efecto inmediato de ésto, junto con las poses lánguidas de chico sensible y problemático del actor que da vida (es un decir) al vampiro Edward Cullen, es animar las expectativas de las espectadoras en cuanto a la resolución de la primera escena romántica de los protagonistas (ver vídeo abajo).

Y tras el calentamiento global llega la ducha de agua fría. El vampiro, en la clásica escena de alcoba, renuncia, tras superar una tentación más grande que la de Jesús en el desierto, a culminar ningún tipo de relación con Bella por miedo a no poder contenerse. Estrictamente se está refiriendo, claro está, a devorar toda su sangre, puesto que el protagonista y sus familiares han decidido integrarse plenamente en la sociedad renunciando voluntariamente a su costumbre ascentral de chupar el cuello al prójimo. Pero en realidad el espectador atento sabe claramente de lo que se está hablando, especialmente cuando se vuelve a subrayar dos veces más en momentos importantes de la trama: cuando Bella se desangra tras ser atacada por vampiros menos sensibles, y, muy especialmente, en el happy ending ¿? del baile de promoción del instituto. Allí Bella ofrece su cuello (virginidad) al vampiro para que la convierta, pero él, como se supone que deben hacer los buenos chicos con sus parejas (incluso cuando te lo están pidiendo a gritos), declina el ofrecimiento, lo cual resulta problemático porque, dado que él vive para siempre, ¿debemos asumir que la relación entre ambos será platónica hasta que Bella muera con su virtud intacta?

La simbología sexual del vampiro en las novelas y el cine ha sido ampliamente tratada y discutida. No es una novedad y es perfectamente razonable suponer que los autores de esta película la conocen. Drácula siempre ha sido el extranjero solitario y atractivo que seduce a las novias de los chicos decentes del pueblo. Crepúsculo despoja al mito de toda esa carga erótica anterior, de la que en mi opinión la interpretación de Christopher Lee fue el máximo exponente, para domesticar al animal y convertirlo en un ángel castrado (en una ridícula escena aprendemos que los vampiros temen la luz del sol porque, bajo la misma, su piel se torna de color dorado con unas escamitas que parecen lentejuelas). No creo que sea casualidad que la película carezca de clásicos elementos gráficos, como la erección de los caninos o el uso de estacas, de clara simbología fálica.

Christopher Lee como Drácula

El contraste es todavía mayor si echamos un vistazo a como se elabora el tema de la hipotética integración del vampiro en la sociedad en la serie True Blood. En principio el planteamiento es similar: Sookie Stackhouse, interpretada por Anna Paquin, es una joven virgen enamorada de un chupasangre de buen corazón (a su estilo). Pero el desarrollo no puede ser más dispar, en True Blood lo sexual está presente de forma directa, sin rodeos, y las implicaciones de esta modalidad de sexo interracial se explotan con todas las consecuencias.

http://www.youtube.com/watch?v=iwB9FFfPf5A&feature=related

Como se ve en el vídeo de arriba, el sexo vampírico en True Blood es una mutación mejorada del convencional, en el que las mordidas en el cuello aportan un placer tan intenso como la penetración, y los garrulos del pueblo asisten confundidos a la experiencia de ver como sus mujeres se las levantan hombres venidos de fuera con nuevas, y mejores, técnicas amatorias. No es de extrañar, en este contexto, que estos vampiros mantengan la erección de los caninos como elemento revelador de su condición, además de otros elementos clásicos: son animales nocturnos y el sol les provoca fuertes quemaduras e incluso la muerte.

Por supuesto no pierdo de vista que True Blood es una serie para adultos y Crepúsculo está destinada a adolescentes. Lo que pongo sobre la mesa es su doble condición de, por un lado, promotora de pasiones femeninas, y, por otro, de anulación de las mismas desde una perspectiva ideológica pacata. Se puede hacer cine de vampiros sin implicaciones sexuales, por supuesto, y la estupenda “Déjame entrar”, en la que también existe un romance (infantil en este caso) entre una vampira y un niño humano, es muestra de ello. Pero incluso esta pequeña película sueca es más atrevida en su último tercio, a la hora de afrontar el futuro de la relación entre los protagonistas, que el poco creible conformismo de los puritanos amantes de Crepúsculo.

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