(Continuación de Parte II)
Ya una vez en casa, comienza el verdadero suplicio (y no me refiero al hecho de tener que sentarse en un flotador de niño o que al levantarte o moverte te duela tela, que también) sino a las curas. Tengo que ir todos los días al centro de salud a que me hagan una cura, que básicamente consiste en limpiarme la herida y que me introduzcan una gasa en ella. Eso duele tela. El abceso/fístula suele salirle a la gente en el mismo sitio: justo donde la espalda pierde su casto nombre y comienza la raja del culo, pero yo he tenido la suerte de que me salga bastante más abajo, justo al lado del ojete.
Aquí tenéis un riguroso y científico croquis anatómico hecho con un software de gran precisión para saber dónde se encuentra la fístula, o sea el “bujero”
El problema es que al tenerlo tan cerca cada vez que quiera plantar un pino tengo que sacarme la gasa y luego limpiarme muy bien con agua y ducharme e ir entonces a hacerme la cura para que me pongan otra. Tengo un enfermero asignado, Miguel Ángel, que es al que tengo que ir, pero la primera semana, entre que hubo días festivos y que otros días él no pudo ir, cada día me atendió una persona distinta, y cada uno a su manera.

Si a eso añadimos que en esa consulta entra y sale más gente que en el camarote de los Hermanos Marx, yo creo que me ha visto el culo más gente que a Nuria Bermúdez. La verdad es que en más de una ocasión me he acordado de este memorable momento de la hierbas en el ginécologo, en Aquí no hay quien viva:
Como digo, ha habido quien los ha hecho mejor o peor, pero el tercer día, ante la ausencia de mi enfermero, me tocó una compañera suya (a la que Mina llama “la Loreto Valverde”, por ser una rubia de pelo largo y voz de pito) pero que yo llamo simplemente “la nazi”

Madre mía, qué daño me hizo esa tía ese día. Mina es testigo de los gritos que pegué. Decir que vi las estrellas es quedarme corto, por lo menos vi naves de guerra ardiendo más allá de Orión y rayos-c resplandecer en la oscuridad, cerca de la puerta de Tanhauser. Y no sólo me dolió durante la cura, sino que me dejó dolorido para todo el día. Dijo que ella había estado curando a su hermano de lo mismo. “Pobre hermano”, dijo luego Mina.
Al día siguiente por fin me tocó mi enfermero, Miguel Ángel, y me dijo “Tranquilo, que te veo muy pálido, estás blanco” ¡Coño, no iba a estar blanco! Tras la experiencia del día anterior no era para menos. Además, unos minutos antes, mientras lo esperaba, salió la nazi y me dijo: “¿Qué esperas a Miguel Ángel? Vale, debe estar al llegar, si no viene, te curo yo”. Y UNA REVERENDA MIERDA, pensé, yo voy a buscarlo a su casa si hace falta.
El caso es que ya por fin me atiende mi enfermero, que tiene mejor mano que la nazi y además un buen sentido del humor, con lo que, salvo los fines de semana, que me toca quien esté de guardia, el resto de días voy más tranquilo.

Mi enfermero, Miguel Ángel, por lo que he averiguado en Intenné, en sus ratos libres se dedica a pintar iglesias o algo así…
La primera vez estaba yo tumbado boca abajo en la camilla y oigo a Miguel Ángel que dice: “Hombre, ¡esto tiene muy buena pinta!” a lo que yo respondo “Espero que se esté usted refiriendo a la herida…” Tras las risas, sobre todo de Mina y otra enfermera que había allí, me contesta (dándome una palmadita en el trasero) “Sí, claro, pero… ¡y lo otro también!”.
Yo lo pasaba mal mientras introducía la gasa, pero él lo pasaba mal cuando me veía intentar bajarme de la camilla con dificultad “¡No me hagas el número de la cabra!” me decía 
Miguel Angel nos recomendó (como hicieron otros compañeros suyos anteriormente) que me vendría muy bien unas gasas que llevan plata (Aquacel AG), que hace que cicatrice la herida mejor y más pronto, pero que como eran caras no las tenían allí ni las recetaban. Pero si yo las compraba y las llevaba, me las pondrían. Yo le contesté que el dinero no era problema, que si con eso iba a estar menos tiempo con las curas, me daba igual meterme plata, que oro, que platino, vamos, ¡que iba a una joyería si hace falta!. Al final las compramos y parece que están haciendo su efecto (el primer día que las probé anda que no escocía y dolía) pues parece ir todo más rápido y mejor desde entonces.
Mi madre me contó el otro día que estuvo hablando por lo teléfono con mi sobrina La Hoygan y al contarle lo que me pasaba ella dijo: “Pobrecito… ¿y cómo come?” A lo que mi madre le respondió extrañada “Pues cómo va a comer ¡con la boca como siempre! ¿qué tendrá que ver?” y ella replicó “Pero cómo hace para sentarse para comer ¿O ES QUE COME DE PIE?”. Esta Hoygan, siempre nos sorprende con su lógica
(por cierto, ayer me pidió mientras hablaba con ella por Skype que os dijera que en breve pondrá un nuevo vídeo sobre la nevada que cayó en Barcelona).
El ritual que sigo con lo de las curas es otra historia. Resulta que como os expliqué al principio, debido a la cercanía del ojete es imprescindible quitar el apósito antes de plantar un pino y entonces lavarme y ducharme, incluido también un baño de asiento con agua y betadyne, cómo me estoy acordando de esto ahora:

Para quitarme el apósito y sacarme la gasa necesito de la ayuda de Mina, quien pacientemente todos los días me ayuda con ello no sin repetir “ay, Dios mío, que yo no he nacido para enfermera…” De hecho, el primer día casi se desmaya y el segundo, que me hizo algo de daño al tirar de la gasa le confesé “Me he aguantado el gritar para que no te desmayaras”. Pero la verdad es que se está portando muy bien y cada vez lo hace mejor (la mejoría y cierre paulatino de la fístula también ayuda).
Luego, como solución temporal hasta que llegue al centro de salud me pone una especie de compresa que aunque ponga en la bolsa “Tena for men” uno no deja de pensar en la “Tena Lady”, de hecho Miguel ángel me dijo un día al verla: “Anda que… quién te iba a decir a ti que ibas a estar usando esto…”. “Eso digo yo -repliqué- que quien me iba a decir que iba a terminar yo como la Concha Velasco, con esto”
Un día fuimos a la cura y al llegar a la sala de espera olía fatal. Se había atascado una alcantarilla y estábamos todos allí que nos íbamos a caer redondos al suelo. Todos con un pañuelo en la nariz y Mina repartiendo colonia en los pañuelos. Qué mal lo pasamos. Ahí Mina sí que estuvo a punto de terminar en el suelo sin conocimiento. Y una de las pacientes diciendo “pues yo no huelo ná, porque tengo la nariz taponá”. Pues menuda suerte, porque aquello más que un centro de salud parecía el alcantarillado de unas letrinas.
En fin, que aquí andamos, todavía con las dichosas curas, pero cada vez mejor. Uno pierde ya hasta la noción del día en que está. Pues no voy y le digo el otro día a Mina: “Que curioso, llevo toda la mañana con la sensación de que es domingo, cuando en realidad es sábado” Y Mina me mira con los ojos muy abiertos y me dice “Quater… es que hoy es domingo…”
Dicen que la probabilidad de cura/reincidencia de estas cosas es del 50%. ¡Ay, madre! Tiraremos una moneda para decidirlo.
Que alguien me deje una con dos caras, por favor.